

Omar Fabián Guillén Navarro
Comencé a caminar la calle Real de Guadalupe de manera frecuente cuando inicié la secundaria. Mi mejor amigo vivía ahí. La memoria me lleva de vuelta a ese tiempo —ya hace varios años—, y en ese viaje aparecen los rostros de tanta gente que hoy ya no está. Gente a la que saludaba todos los días: muchos detrás de su mostrador, otros parados en la puerta, o dedicados a su oficio.
Recorrer la Real de Guadalupe no es solo ver casas de adobe con techos de teja y puertas de madera que se esconden entre mesas y sombrillas. Aún se asoman tímidas entre cafeterías modernas y hostales para turistas. Pero yo no veo eso. Yo veo otra cosa. Camino, y es como si las paredes hablaran, como si las sombras proyectaran los rostros que se quedaron en el tiempo.
En cada cuadra, donde hoy hay locales de ropa o restaurantes, antes había tiendas de artesanías. Recuerdo las de doña Minerva y Dileri Penagos, la de doña Gloria Margarita Morales, o a don Alejandro Bermúdez y doña Angelina Gutiérrez, doña Mary Cansino, María Elena Montoya y muchas tiendas más. Con mi amigo Alejandro solíamos curiosear entre los estantes, buscando tiradores, flechas, artículos de los lacandones, descubriendo también la diferencia entre la indumentaria de los pueblos originarios. Lo que más disfrutábamos era curiosear objetos antiguos, aunque nunca compráramos nada.
Estaban las talabarterías, donde nos hicieron las mochilas de cuero para la primaria y unos zapatos que todavía recuerdo. Al fondo se alcanzaban a ver las pieles colgadas, listas para ser trabajadas. El olor era fuerte, pero también lo disfrutábamos. Ahí sonaban las herramientas contra el cuero: el golpeteo preciso, el raspado suave, el ritmo de la lezna marcando las líneas. Hacían cinturones, fundas, monturas, carteras... todo a mano y de gran calidad.


Más adelante, la tienda de doña Trini —que aún existe— ofrecía la famosa cervecita dulce. Es una tiendita que se resiste al paso del tiempo y que todos deberíamos visitar. También estaba "La Nueva Estrella", de doña Luz. Ahí encontrábamos café, y lo que más recuerdo es comprar galletas que pesaban en una báscula y te entregaban envueltas en un papelito. Recuerdo también la tienda de don Romeo. En esos locales se vendían curtidos, velas, chiles en vinagre y muchos productos que hoy han desaparecido.
Recuerdo a don Luz Ozuna con su guitarra y esas noches de serenata que parecían eternas. A don Horacio Trujillo Román, el marimbero de la famosa Cusculina. Por las tardes ensayaban don Adrián y su marimba —creo que se llamaba Frenesí— muy cerca del mercadito. Y cómo olvidar al tío Lupe, allá en las cumbres de Guadalupe: además de marimbero, también las fabricaba. A nosotros nos hizo una pequeña, de tres octavas, para nuestras clases. Aún la conservamos.
Y así, mientras avanzo por la calle, aparecen los rostros: la tía María Guzmán con su tienda de medias y pantimedias; los Lastra, con la Casa Carmita, donde vendían chales, rebozos, listones y bisutería; las tienditas con dulces en vitroleras de cristal, donde por diez centavos te daban un puñito envuelto en papel; los artesanos que tallaban trompos, baleros, trepatemicos, resorteras, camioncitos, boxeadores y cajitas de madera. El señor Cancino, que era relojero, o don Julio y su papelería.
En muchas casas las puertas se mantenían abiertas: se apreciaban los zaguanes, los corredores llenos de vida, los patios repletos de macetas y de sillas que se veían al fondo, donde alguien leía, bordaba o zurcía. Ahí también se encontraban las casas de algunas maestras mías como las de Azucena Morales Constantino y la Maestra Carmen Penagos. También ahí se encontraba la casa del Padre Panchito.

Pero la imagen que más me acompaña es la de la casa grande, casi a la mitad de la Real: la de don Ernesto Siliceo. Tenía corredores amplios que daban vuelta al patio central. Ahí había una gran variedad de pájaros en jaulas enormes, y por la tarde se cubrían con sábanas y telas para dejarlos dormir. En el centro crecía un árbol de lima, siempre cargado de frutos. Nunca vi ese lugar sin pájaros: gorriones, jilgueros y canarios. Cantaban a todas horas, como si supieran que disfrutábamos tanto de su canto.
Don Ernesto hacía sombreros de fieltro elegante, como los de las vitrinas europeas o las películas en blanco y negro. Pero también restauraba y reinventaba: sombreros viejos, desfondados, salían de sus manos como nuevos. Trabajaba con vapor, con hormas de madera y con cintas. Tenía las manos de un artesano y el alma de un artista, pues además enseñaba piano en el Colegio de la Enseñanza. El piano aún se conserva: negro, con teclas de marfil.
Entrar a su casa era como detener el tiempo. El aire olía a café recién molido, pues ahí vivían también doña Esperanza Siliceo y don Francisco Herrera, dedicados a la venta del Café Conquistador. La gente se asomaba por la reja de madera; ellos salían sonrientes a despachar y volvían con el cambio en la mano.
Los oficios de la Real de Guadalupe se resisten a desaparecer. Todavía quedan algunos comerciantes de los de antes, y artesanos: gente que trabaja día a día, aunque cada vez son menos. Muchos oficios —como el de la sombrerería— se han ido junto con sus maestros. Pocos sabrían hoy qué es una lezna o cómo se repuja el cuero. Las casas se han vuelto negocios, galerías, hostales. La calle tiene otra imagen.
Y está bien. El tiempo cambia. Pero, sin duda, algo se ha perdido. No sé si, al pasar por esta calle, alguien recuerde —aunque sea en lo más profundo— un eco de martillo sobre cuero, una marimba lejana o un piano suave que brota de una casa donde los pájaros aún cantan. Porque todo eso, aunque ya no se vea, todavía vive en la memoria. Y la memoria es el lugar donde habitan los rostros de la gente que alguna vez nos acompañó en el camino; y allí, también, habita el niño o el adolescente que alguna vez fuimos.
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