

por Michell Siu
Hay historias que se cuentan con cifras y cargos, y hay otras que se tejen con caminatas largas rumbo a la escuela, primeras “pintas” a un rincón de bosque, y el recuerdo nervioso de un beso adolescente. La de Pancho Martínez —Francisco para los documentos, Pancho para los amigos— es de las segundas. Nació en San Cristóbal de las Casas el 14 de diciembre de 1971 y, después de estudiar fuera, eligió volver. No por nostalgia, sino por convicción: aquí, dice, encontró el terreno para construir, paso a paso, una idea simple y poderosa —que el turismo sirve si deja algo bueno en la comunidad.
Su biografía pública es conocida: empresario turístico, ex presidente de la Asociación de Hoteles, y ex presidente municipal de San Cristóbal (periodo 2012–2015). Más allá del cargo, lo define cierto modo de mirar la ciudad: con ojos de anfitrión y de vecino a la vez. En esa mirada caben los hoteles, sí, pero también los senderos, los mercados, los oficios y la mezcla cultural que hace único a este Pueblo Mágico. (Sobre su periodo como alcalde puede consultarse el Bando de Policía y Buen Gobierno 2014, emanado del Ayuntamiento 2012–2015, y documentos oficiales que confirman su gestión.)
Volver a casa significó, para él, abrir puertas y tocar otras tantas. Desde la Asociación de Hoteles, cuenta, fueron a buscar aliados en dependencias y, sobre todo, en las comunidades aledañas. La intuición era clara: San Cristóbal brillaba por su historia y su cultura, pero necesitaba más “cosas que hacer”, experiencias cercanas que extendieran la estancia del visitante y, a la vez, generaran ingresos en los ejidos. Así llegó la apuesta por El Arcotete, ese arco de piedra, río y pinos que hoy todos recomendamos a quien nos visita. El parque ecoturístico existe y se ha consolidado como un paseo natural a 7 km del centro; en la literatura académica reciente aparece, además, como un caso de turismo de naturaleza gestionado por comunidad tsotsil.
Pancho lo recuerda también como su primer escape de secundaria —“la primera pinta”—, escenario de un beso torpe y de un descubrimiento mayor: ese “diamante en bruto” tenía futuro si se pulía con las manos de la propia comunidad. La idea era sencilla: empezar por un sendero, sumar etapas, aprender el oficio de recibir visitantes y evitar el paternalismo. Hoy, El Arcotete se mantiene vivo y visitable; y su ejemplo “contagió” a otros vecinos. Las Grutas del Mamut, por ejemplo, se han posicionado como área recreativa y de aventura; son un plan de día para familias, estudiantes y visitantes, con recorridos, tirolesa y resguardo del patrimonio natural.

Hay, en su discurso, un hilo que regresa una y otra vez: recomponer el tejido social. Pancho habla de los años en que sancristobalenses y pueblos originarios parecían vivir de espaldas, y de cómo hoy muchas iniciativas nacen de la colaboración. “Todos somos humanos y merecemos respeto”, repite, con la insistencia de quien ha visto prejuicios de ida y vuelta. Su sueño es práctico: que la ciudad vuelva a brillar, pero con beneficios medibles para las futuras generaciones. Y que el turismo sea punto de encuentro —no un escaparate que excluye.
Su infancia le dejó convicciones sencillas. Estudió en la Flavio A. Paniagua, una escuela pública centenaria donde, entre reglazos y tablas de multiplicar, aprendió disciplina. Vivía en el centro y caminaba veinte cuadras solo para llegar a clases: “libertad absoluta”, dice con media sonrisa, y con un deseo claro de recuperar esa confianza en la calle. Lo que cambia con los años es el ritmo: de una juventud de “discoteques” y bares planeados para no competir entre sí, pasó a un presente bohemio de trova y vino, menos estridencia y más conversación. “Hoy estamos, al rato quién sabe”, suelta, como quien no quiere dramatizar el paso del tiempo.
Si no hubiera sido empresario turístico, habría querido pilotear aviones. De hecho, se preparó para ello, hasta que la historia familiar (su padre murió en avioneta) frenó el impulso. Eligió entonces una ruta cercana: Administración y, después, Administración de Empresas Turísticas. Aprendió el negocio desde la base —literalmente— separando sábanas en el chute de lavandería y domando el mangle de planchado. Ese aprendizaje “desde abajo” le marcó el estilo: crecer un hotel de 30 a 86 habitaciones lleva años y equipos; abrir centros de diversión que diversifiquen la oferta nocturna exige paciencia y planeación; no todo es rentabilidad inmediata.
Entre anécdotas y planos, también asoma su lado cívico. A su paso por la administración pública se le puede juzgar en los archivos; él prefiere hablar del principio: que un proyecto valga la pena si deja algo más que negocios. Esa filosofía explica su participación en iniciativas discretas —“altruismo sin foto”, dice— o en temas como banco de alimentos y rescate de excedentes para donación. La idea no es novedosa, pero importa repetirla: se trata de dar de corazón, sin estridencias.
Cuando se le pregunta por los referentes que lo mueven, mira lejos y en plural: Indira Gandhi, Nelson Mandela… y un nombre que sabe polémico, Nayib Bukele. No lo menciona para agitar banderas —“no tomemos partido”, pide— sino para hablar de liderazgo, ley y orden, con una advertencia final: las recetas de “mano dura” pueden recuperar espacios, pero deben ajustarse a la medida de cada sociedad y con respeto a los derechos. En lo humano, lo que admira es el sacrificio por una idea y la capacidad de transformar realidades sin quedarse en el discurso.
De San Cristóbal, le duele y le ocupa lo mismo: el crecimiento abrupto y desordenado desde los noventa; la falta de continuidad entre administraciones; la pérdida paulatina de ciertas tradiciones; y la tentación de la crítica que no propone. Su receta vuelve a lo básico: a cada queja, una idea; a cada descalificación, una propuesta. Si algo quiere preservar para las próximas generaciones es la identidad de un pueblo que se sabe mágico, no porque lo diga un programa, sino porque su gente lo sostiene todos los días.
En lo personal, su consejo a los jóvenes es directo: tómense un sabático si hace falta antes de elegir carrera; trabajen desde abajo; no se desesperen. “La práctica hace al maestro”, repite, ahora mirando hacia sus propios equipos. Y de la vida, esa que cambia de discoteque a trova sin avisar, rescata una lección simple: hay etapas para todo y ninguna se repite. Por eso insiste en vivirlas con intensidad y con rumbo.
Termina la conversación con un guiño de verano y una frase que, sin buscarlo, suena a programa de trabajo: “San Cristóbal necesita que todos nos involucremos”. En el mapa que dibuja Pancho, hay senderos abiertos con manos comunitarias, grutas encendidas para la aventura, haciendas que se recuperan con respeto, y hoteles donde la hospitalidad no se olvida de su barrio. Su mérito —más allá del puesto que haya ocupado— está en haber visto, en medio del monte, un diamante posible, y en animarse a pulirlo junto con los suyos.
Para quien quiera conectar con esos “diamantes”, ahí están: El Arcotete, a 7 kilómetros del centro, rodeado de pinos y con río; y las Grutas del Mamut, un parque que invita a caminar y a cuidar lo nuestro. Ambos recuerdan que el mejor turismo es aquel que respira comunidad.
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