
Alejandro Ortega
Nació y creció en San Cristóbal de las Casas. A los 13 años eligió el baloncesto y desde entonces no lo suelta. Para Ricardo Cantoral, “ser coleto” es entrar a la cancha con orgullo, jugar para representar a su ciudad y sostenerse en una idea simple pero poderosa: cumplir metas con mentalidad y equipo.
Ricardo probó de todo: fútbol, karate, defensa personal. Pero el basket lo atrapó por algo más grande que un marcador: te enseña de la vida. En el fútbol —dice— las líneas a veces parecen mundos distintos; en el baloncesto, todo se conecta: cinco miradas, una misma lectura, solidaridad en cada pase y confianza en cada rotación. Ese lenguaje compartido fue el que lo enamoró.
Hubo un partido que lo cambió todo. A puerta cerrada en Ciudad de México, frente a coach y visores, fue capitán, anotó, leyó el juego, y al salir escuchó algo que todavía resuena: “tienes capacidad para llegar lejos”. Ese día entendió su techo posible.
El otro giro llegó desde el dolor. Tras meses de preparación, su equipo cayó por 30 puntos en Monterrey. “Me pegó muchísimo”, admite. Dos juegos más repitieron la historia. Entonces una directiva le dio la llave: la diferencia entre un buen jugador y los mejores es la mentalidad. Aprendió a cortar la racha y empezar de cero: “si fue un mal juego, ahí termina; el siguiente es nuevo”. Hoy esa regla lo acompaña dentro y fuera de la duela.
La disciplina se nota en lo pequeño. A veces duerme 30–60 minutos menos para estudiar o entrenar, pero llega. Lo que más lo define en la cancha es las ganas: pelear cada posesión, tirarse por un balón dividido, competir como si fuera el último cuarto. No es pose: es su manera de honrar el lugar de donde viene.
Antes de cada juego, ora. Se toca el pecho, cierra los ojos y visualiza: los tiros libres en silencio, la última jugada, el pase correcto. “Hago en el partido lo mismo que entreno todos los días”, repite, como un mantra sencillo que ordena los nervios.

Sus referentes cuentan una historia de equilibrio. María Fernanda, su coach, es su guía más cercana: ejemplo de constancia y carrera universitaria. En la NBA mira la potencia de Anthony Edwards y la lectura de Luka Dončić: esa calma para ver un segundo antes la línea de pase que nadie más ve.
Ricardo ha representado a San Cristóbal en varias ocasiones, fue preseleccionado por Chiapas, viajó a Querétaro, Monterrey y Ciudad de México, jugó en un centroamericano en Guatemala y hoy se prepara para probarse en Europa ante equipos del más alto nivel. Sueña con universidad en Estados Unidos o España, vestir la playera de México y, por qué no, aspirar a la NBA. Ambición sí, pero con los pies en la duela.
También tiene claro lo que falta en casa: promoción de los clubes locales. “Hay niños que quieren jugar pero no saben dónde”, dice. Su petición es directa: dar visibilidad a los equipos, abrir puertas, contar las historias y hacer comunidad. Porque el talento existe; a veces solo necesita una invitación clara.

Fuera de la cancha, Ricardo es tranquilo. Le gustan los amigos, la música y la comida (“la que sea”, se ríe). Esa normalidad refresca: el chico de portada no necesita máscara; necesita tiempo, trabajo y oportunidades para seguir creciendo.
Quizá por eso su definición de identidad encaja con nuestra revista. Ser coleto —en su voz— no es solo nacer en San Cristóbal: es querer ganar con tu gente, competir con respeto, representar a tu ciudad en cada decisión y levantarte después de un mal día. Es llevar la humildad del entrenamiento y la ambición de los sueños grandes en el mismo morral.
Ricardo Cantoral es el rostro joven de Ser Coleto porque resume un camino posible: raíces claras, cabeza fría y corazón encendido. Y porque su frase final, la que le pedimos a todos, suena como una promesa hecha a sí mismo y a la ciudad:
“Ser Coleto para mí espejar todo en la cancha para representar dignamente a mi ciudad.”
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